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Guía Emocional

¿Alguien que me salve? ¡Sí, yo misma!

Imagen cortesía de Pexels

Alejandra trabajaba como Ingeniera de Sistemas en una conocida empresa, las cosas le habían salido “bien”: había ingresado a la universidad que quería, fue quinto superior y se graduó con honores, ganaba bien en comparación con sus compañeros de universidad y había conocido a un chico exitoso como ella, médico, como quería su mamá. Sin embargo, Alejandra no era feliz.

Había decidido terminar la relación con Miguel Ángel y sentía mucha culpa, habían compartido juntos los últimos 8 años de su vida, toda su juventud, decía Alejandra, y ahora con 30 años encima, ya la vida la empujaba a observarse.

Antes de terminar con él, sus dos mejores amigas se habían casado, una en septiembre y la otra en noviembre. Y Alejandra se preguntaba si iba hacia lo mismo, si lucía tan feliz como sus dos amigas y si Miguel Ángel era el hombre con el que ella quería compartir su vida. Esto la llevó a hundirse en reflexiones, en angustia y confusión. Se inventó un viaje de trabajo únicamente para estar sola y pensar. Estaba mintiéndole a él, al hombre que amaba.

Regresó del viaje más confundida de lo que se fue, hubiese querido permanecer allí mucho más tiempo. Inmediatamente, se dio cuenta de que el dinero que estaba perdiendo no le importaba, solo quería escuchar las voces de su cabeza que se manifestaban sedientas de expresión, como si hubieran padecido mutismo por muchos años y todas hubiesen sido curadas ese día.

Las lágrimas caían fácilmente sin avisar, y cada día se sentía más lejana de su novio y de su trabajo. Empezó a levantarse cada mañana y poner mil pretextos para no salir de su cama e ir a trabajar. Un día fue un dolor de estómago, otro día fue fiebre y otro día “mató” en su mente un tío que vivía en provincia para aducir otro corto viaje. Pero esta vez solo se quedó en casa, en su cuarto. No prendió la TV, no escuchaba música, no miraba el celular. Y sus padres al notar sus faltas al trabajo empezaron a preocuparse y a llamarle la atención por ser blanco de despido próximo. Sus padres, ya jubilados, usualmente la comparaban con su hermana menor. Alejandra era la hija que ellos querían tener: la más obediente, la más responsable, la más estudiosa, la más sensata, la que se iba a casar de blanco, la exitosa y trabajadora.

Una mañana, muy temprano, empezó a buscar información, al despertar de una pesadilla. Quizás pensaba que en Internet podría leer algo interesante que la tranquilizara. Descargó algunos libros que parecían aclarar dudas, pero por más que buscaba en la pantalla no encontraba el alivio que esperaba. Pensó ir a un psicólogo y contarle lo que le pasaba, a ver si podía desenredar sus pensamientos y decirle qué hacer. Se topó entonces con una terapeuta que frustró lo que estaba buscando: quitarse la responsabilidad de tomar decisiones. Le hizo ver la situación en la que estaba metida y cómo poco a poco se iba enredando más en ella, dando vueltas y vueltas sin resolver. Entonces, se comprometió, con dolor, a observar su proceso y aprender a escucharse realmente y responsabilizarse de su vida. Mientras esto pasaba, continuó su relación con Miguel Ángel, pues las dudas de perder a un buen hombre la detenían. Tenía la voz de sus padres y de su mejor amiga diciéndole que nunca encontraría un hombre como él: respetuoso, cariñoso, inteligente y trabajador, como ella. Sería un buen padre para tus hijos. Con él no te faltará nada, le repetían.

El dolor se manifestaba más cada vez y su cuerpo transmitía también lo que su alma sentía. En poco tiempo, Alejandra fue operada de la vesícula, su cuerpo había generado piedritas que debían extirparse. ¿Pero cuántas veces más debía enfermarse?

Se sentía mala. ¿Qué te dices a ti misma?- le decía su terapeuta. Que soy una mala persona, porque no puedo amarlo tanto como quisiera, cuando ni siquiera sé si yo me estoy amando, me asusto también porque creo que si termino con él y más adelante no soy feliz, lo extrañaría y me arrepentiría. ¿Entonces lo quieres hacer responsable a él de tu dicha, Alejandra? – Le devolvió su terapeuta.

La felicidad, decía ella, es un asunto personal. Nadie puede hacernos felices, así como tampoco nadie tiene la capacidad de hacernos infelices.

«Soy una persona egoísta, no estoy pensando en él- se decía Alejandra – así como tampoco pienso en mí».

A comienzos de febrero, Miguel Ángel le propuso un mini viaje por San Valentín. La mirada de Alejandra hacia él era de un profundo cariño. Pero la magia se rompió cuando se atrevió a preguntarle si la amaba. Él le dijo, claro, sino por qué estaría contigo. Y tú me amas, le preguntó él. Ante el silencio y luego el llanto de ella, el paseo se terminó. Regresaron sin hablarse en todo el camino y Miguel Ángel la dejó en casa. Ella quiso hablar, pedir perdón, decirle que sí, aunque solo su labios lo hicieran, no quería que él sufra por ella. El final llegó días después, ambos expresaron lo que sentían y pensaban, fue un momento doloroso, no podría decirse para quién lo fue más.

Pasar por el término de la relación, trajo muchas cosas para Alejandra; al principio, sus padres le dieron la espalda, a pesar de que Miguel Ángel se acercó a casa a conversar con ellos y decirles que era un asunto de los dos y no había culpables. Su madre lloraba y se mostraba hostil cada vez que podía y su padre guardaba un silencio que no podían callar sus ojos llenos de decepción. Y entonces, la cosa fue peor, pues Alejandra pidió vacaciones adelantadas y se las negaron. Ya no podía inventar nada más en el trabajo.

Esos días fueron muy cargados, y no es que lo de su ex novio la pusiera también así en el trabajo, sino que desde antes ya se había empezado a sentir como autómata en el trabajo. No la apasionaba, le decía a su terapeuta, el pago no alcanzaba como para llenar lo que sentía. Y es que en realidad, esta carrera la había decidido a los 15 años, siendo una persona aún poco conocedora de sí misma y sin saber a dónde las experiencias de vida la llevarían.

Es extraño cómo nos hacen elegir una carrera a tan temprana edad, sin la menor preparación mental y emocional, basándose solo en lo que dice un catálogo y en cómo lucen los que estudian esa carrera, o cuánto ganan o el prestigio que suscita. De hecho, Miguel Ángel, su ex novio, ya había sucumbido a varios periodos de fuerte estrés en su trabajo como médico; sin embargo, nunca se había preguntado los ajustes que debía hacer para cambiar esta realidad.

Alejandra sabía que no podía renunciar también a su trabajo intempestivamente, que quizás esa no era la solución, pero su mente no podía ir contra todo lo que su cuerpo y su corazón le decían. ¿No era su carrera?, ¿A estas alturas?

Prefirió juzgarse y castigarse con sus pensamientos. Pero no por mucho tiempo. Revisando lo que sentía en cada momento de su trabajo se dio cuenta que no sentía eso que llaman logro, gratitud, plenitud, felicidad. Que haya estrés, puede haberlo, pero ella no solo sentía estrés, era una apatía, un agotamiento, algo que la empujaba a no seguir haciendo lo que hacía. Renunció. Y como los problemas en casa aumentaron porque dejó de ser la hija buena, decidió tomar un viaje con su CTS.

No pasaron días, pasaron meses en los que tanto tiempo sin verse a sí misma, le cobraron factura. Se retiró a solas, en silencio, y por lo menos una vez por semana hablaba con sus padres, quienes preocupados le insistían que regrese, que sea la de antes. Pero ella ya no conocía a la Alejandra anterior.

«Lo que sientes no es para siempre. Esto va a pasar. Mira cómo puedes acompañarte en los momentos más difíciles». Alejandra fue descubriendo que le quedaba un camino por recorrer. Con el paso de esos meses y de su soledad, pudo volver a crear algo que se adecuara más a quién realmente ella era. Pudo ver lo que en verdad la apasionaba, todo lo que se había limitado y que encerraba allí un tesoro que ahora iba haciéndole sentir más paz y alegría de vivir. Perdonarse no fue sencillo, observar cómo se había tratado, tampoco. Saber que vivía la vida de otros pensando que si vivía la suya dejaría de ser amada, fue liberador. Sirvió mucho el apoyo que encontró en su camino y el amor de sus padres, a pesar de todo; pero sobre todo, lo que más la ayudó fue reencontrarse con el amor hacia ella misma. 

Nancy Sánchez

Nancy Sánchez

Soy psicóloga, escritora y directora de Literatura Transformacional, modelo en el que añado, a mi práctica terapéutica, el uso de la literatura y la escritura como herramientas para el autoconocimiento, la expresión saludable y el crecimiento personal. Me enfoco en ayudar a las personas a sanar y trascender sus heridas emocionales, para brillar y convertirse en quienes son.

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