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Guía Emocional

¿Cómo recuperarme después de la pérdida?

Imagen: Cortesía de Pexels.

Culminar una etapa es realmente difícil. La vida constantemente nos lleva a experimentar diversas situaciones de duelo y, sí, con esto hago referencia a un conjunto de momentos más allá de la muerte física.

Cuando hablamos de duelo, de pérdida, automáticamente recordamos a aquel ser querido fallecido que, evidentemente, nos lleva a evocar recuerdos con esa persona; sin embargo, el concepto de la pérdida puede también remontarnos a una relación amorosa, a un despido abrupto, al viaje de una familiar, etc.

El ser humano, por naturaleza, es social. Desde su nacimiento, va generando lazos que lo vinculan con otros individuos y, así, va estructurando y consolidando las primeras concepciones sobre lo que significa el amor, el compromiso, el goce y el despliegue de emociones propios de la interacción.

Las relaciones se basan también en las nociones que se tienen sobre la felicidad y el bienestar producido por este amor recíproco. A este desarrollo social, psicológico y afectivo, se suma el hecho de arriesgarse al sufrimiento de perder a estas personas con las que ha ido constituyendo su mundo vital.

Podemos decir entonces que el  duelo es un proceso que resulta significativo en la vida del individuo que atraviesa una situación de pérdida de algo o alguien. Del mismo modo, es una reacción natural y, por lo tanto, cumple una función adaptativa para sobrellevar la dolencia que representa el asumir la ausencia de ese ser.

Es largo, doloroso, y llega a producir un desajuste en la homeostasis del sistema comportamental de la figura de apego, logrando desestabilizar los mecanismos que regulan dicha relación.

Castro (2006) postula que la función que tiene el duelo, por más contrario de lo que suene, es la de sanar o restituirse psicológicamente, ya que va a depender de si se elabora o no, el que se haga un duelo normal o patológico.

 

Lo ideal es realizar un duelo sano, que nos ayude a cerrar esas heridas psicológicas y seguir con nuestras vidas.

 

De esta manera, el autor hace referencia a un punto importante, y es, el valor que se le otorga a la pérdida. Analicemos lo expuesto con anterioridad de esta manera:

Lo que extraño, lo que necesito, lo que me falta, y que me genera emociones vinculadas al vacío, desesperanza, angustia, frustración, desajuste, decepción, tristeza, melancolía, enojo, todo en su conjunto, se encuentran relacionadas al valor que le otorgamos a los recuerdos.

Te preguntarás: ¿Qué tiene que ver eso con cómo me siento? – Pues sí, tiene mucho que ver – puesto que le adjudicamos a la persona el sentido de nuestras emociones y, con ello, la evocación de las experiencias que pasamos con tal individuo. Esto es complejo, ya que implica analizar con exactitud qué es lo que realmente extraño de la persona y, con precisión, cómo es que verdaderamente me siento con esa emoción.

Es común que frente a la pérdida, de cualquier tipo, como ya se explicó, surjan los “debería” o “tengo que”. Pongamos un ejemplo: “Terminé una relación amorosa, debería guardar el luto y no volver a salir con nadie más durante seis meses”.

Esto resulta válido porque para asumir una pérdida, atravesamos un proceso; sin embargo, esto no puede desligarse de mi unicidad, mi singularidad y mi capacidad para permitirme experimentar de la manera en la que considere apropiado sin necesitar una regla social que desvirtúe mis posibilidades de ser.

En este sentido, se hace referencia a que, tal como lo presenta la literatura, frente a un duelo atravesamos por diferentes etapas según Elisabeth Kübler- Ross (1970):

  • Negación: Es un estado en el que no se acepta lo ocurrido.
  • Ira: Sentimientos de envidia, coraje, resentimiento, causada por la pérdida.
  • Negociación: Se utiliza como recurso para intentar posponer lo inevitable.
  • Depresión: Se manifiestan sentimientos de desesperanza, impotencia, tristeza, soledad, entre otros.
  • Aceptación: Se presenta cuando el paciente acepta la perdida.

No obstante, lo planteado con anterioridad, es tomado como un referente respecto al proceso de pérdida, más no una regla, ya que se basa en la experiencia de cada persona y en la valoración de los constructos.

Desde esta óptica, cada quien decide cómo hacerle frente a una situación, comenzando por no negarse a sentir, siendo ésta la clave para la superación y la resiliencia. Por ejemplo:

– ¿Qué sucede si todo el tiempo me encuentro evitando a ese jefe que es tan molesto y que constantemente me pide los informes?

– Lo más probable es que genere pensamientos que le asignen razones a mi conducta – ¿Cómo es esto?

Bueno, tratarás de decir: “No me quiero topar con él porque es malo” “Si me lo cruzo me dirá por qué estoy evitándolo” “Mejor me voy al baño cada vez que lo vea venir” “¿Sospechará que no le quiero dar la cara?”.

De igual forma funciona con las emociones, puesto que si las evitamos, pasaremos todo el tiempo en esa misma zona de confort sin buscar analizar más posibilidades, y, tal como lo explicaba Castro: “sanar o restituirse psicológicamente”; es decir, tratar de encontrar las oportunidades de mejora para replantear mi vida en base a mi vivencia.

 

“Todo representa una oportunidad” – escuché por ahí – y es totalmente cierto. Cuando el panorama parece más incierto, más oscuro, más estrecho, cuando siento que todo se pinta de negro, puedo encontrar una luz que me permite visualizar los aprendizajes.

 

Una frase muy común es: “No sé cómo podré salir adelante sin ella/él”. Bueno, aprende primero a vivir contigo mismo(a), revalórate, retoma el sentido de tu vida, ¿Es esto una oportunidad? – Claro que sí – Es el momento para pensar: ¿Qué puedo hacer ahora por mí? ¿Qué estuvo, todo este tiempo, cortándome la libertad de decidir hacer lo que realmente quiero? ¿Qué me limitaba y qué me limita ahora? Tengo plena certeza que estas simples preguntas pueden ayudarte a reorganizar el sentido de tu vida, valorarte y reorientar tu camino, ¿basado en una experiencia de pérdida?, quizás, pero con la opción de poder permitirte sentir.

 

Te recomiendo:

  • Cierra ciclos. Es importante que puedas culminar una etapa planteándote una retroalimentación acerca de la experiencia de pérdida: “¿Qué hice bien y qué puedo mejorar?”.
  • Cuestiónate. En función a esto es vital poder establecer la siguiente interrogante: ¿Qué siento que necesito para cerrar este ciclo? Partiendo de eso podrás encontrar un conjunto de alternativas basadas en tu propia interpretación de la vivencia.
  • Trázate metas y objetivos PARA TI. Piensa en ti, en tus necesidades, en aquellas cosas que querías hacer y no has podido. Todo esto ayudará para hacerle frente a la sensación de vacío.
  • Permítete sentir. Todas las emociones son válidas y no hay una que sea mejor que otra.
  • Analiza qué pensamiento va conectado con la emoción. Para ello es importante que identifiques qué pensamiento me hace sentir de esta manera, por ejemplo: “Cuando pienso en lo mucho que disfrutamos juntos, siento una pena muy grande y comienzo a llorar”. Esto permitirá que reconozcas tus emociones y, luego, te hace más fácil regularlas porque conoces el porqué.

 

Bibliografía:

Castro, M. (2006). Tanatología: La inteligencia emocional y el proceso de duelo. Editorial Trillas, México.

Kübler, E. (1989). Sobre la muerte y los moribundos. Editorial Luciérnaga. Barcelona, España.

 

Annel Regina Sánchez Manzanares

Annel Regina Sánchez Manzanares

Soy psicóloga. Me encuentro al servicio de la comunidad, buscando fomentar el bienestar de las personas a través de la promoción y prevención psicológica para mejorar la calidad en salud mental. Refuerzo mi compromiso por continuar trabajando para alcanzar logros que contribuyan a la sociedad.

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